SER EMPRENDEDOR ¿QUÉ SIGNIFICA REALMENTE?

Digamos que te encuentras sin trabajo, ya sea porque acabas de graduarte, te despidieron o renunciaste y, como necesitas ingresos urgentemente, inicias un negocio; con el tiempo éste crece y ya tienes un ejército de colaboradores. ¡Ya tienes una empresa!

En otro escenario vemos que, desde que estás estudiando o aun cuando tienes un trabajo, vienes acariciando una idea novedosa y trascendente y, asumiendo todos los riesgos, te lanzas solo o con algún socio a llevarla a cabo. También ya tienes una empresa, pero con una diferencia ¿Cuál?

En el primer caso tu motivación fue generarte ingresos: eres un autoempleado y, en el segundo, te guió un sueño, el deseo de hacer algo que te trascendiera, que no muriera junto contigo: eres un emprendedor. La motivación hace la diferencia.

Según los estudiosos del tema, tener espíritu emprendedor significa, primero que nada, la búsqueda de algo nuevo, ya se trate de establecer nuevas combinaciones de factores productivos, iniciar un negocio, satisfacer nuevas necesidades, intentar una forma diferente de organización o aspirar a metas más elevadas. En consecuencia, emprender implica riesgo, pero esta sola condición no califica al que lo toma como emprendedor, sino quizá como temerario o, si lo sabe administrar, como profesional de los seguros, banquero o inversionista. Es el atractivo de lo nuevo y del desafío lo que define al emprendedor.

En el emprendedor, cualquiera que sea su campo de actividad, se conjugan la innovación con la acción; no basta con que se le ocurra una idea; si no tiene la capacidad de realizarla seguirá siendo un teórico, un soñador o un crítico. El emprendedor actúa. La innovación y la acción forman el binomio básico de la personalidad emprendedora.

El emprendedor casi nunca hace depender su éxito de la suerte, porque sería un jugador, ni la ausencia del logro lo descalifica. El éxito puede llegarle y serle reconocido, incluso, después de su muerte; lo que hace trascendente su labor. De ahí que el calificativo de emprendedor proyecte en la sociedad una imagen de admiración, reconocimiento y respeto, porque ni siquiera el lucro o la propiedad le son ingredientes necesarios, si bien pueden ser para él fines legítimos, según sea su campo de actividad. Su recompensa, que siempre busca, puede estar dentro de sí mismo por la satisfacción de la labor cumplida o, simplemente, por haberlo intentado. No obstante, el emprendedor es ambicioso; suele no tener más límites que los de su propia capacidad y tiempo de vida.

Este espíritu, presente en los conquistadores, requiere de una combinación –poco común– de apoyo en sus instintos, de análisis, lógica y perseverancia. De ahí que el emprendedor no improvise y nada hay más alejado de la realidad que suponerlo impreparado. Tiene inspiración, pero también “oficio”, en el sentido de que conoce su campo de acción y se ejercita en él, con disciplina. Por eso se sabe capaz, sin incurrir en una falsa humildad.

El espíritu emprendedor no es privativo de ningún grupo de población o época histórica; está aquí, presente entre todos nosotros, aunque no siempre sea reconocido y estimulado. Cuando las condiciones son propicias florece y se multiplica; en caso contrario se sumerge (se hace subterráneo), pero no se extingue. Necesita de estímulos –que para el emprendedor adquieren la forma de retos–, por lo que las crisis tienen para éste su faceta de oportunidad, más que de peligro. Las crisis son como la poda en invierno, que produce renuevos de emprendedores en primavera; los que florecen después de la poda son siempre de una nueva rama: de una nueva casta.

El emprendedor abre caminos que después otros transitan. Se constituye en un ejemplo, pues de otra manera sería un aventurero solitario. No corresponde a su espíritu el ser esclavo de su propia conquista; el hombre y la mujer emprendedores comparten sus logros y hacen visibles sus ejemplos: son generosos.

En el campo de las actividades económicas: industria, comercio o servicios –que es donde generalmente se identifica al emprendedor–, es generador de bienestar, de nuevas formas de producción: de tecnología. Pero también se le encuentra en el terreno de las artes o de la política, creando nuevas y más avanzadas formas de satisfacción de las necesidades humanas.

Para que se renueve y se multiplique el espíritu emprendedor como característica común del mexicano, incluso a escala intermedia de las grandes corporaciones o entre los servidores públicos, es imprescindible que se le valore y se le impulse por su verdadero significado; que se le llame por su nombre. En muchos negocios actuales, por ejemplo, se mantiene vivo e incluso fortalecido el espíritu de empresa de su fundador, pero en otros el emprendedor ha sido sustituido por el administrador.

Por otra parte, nadie duda de la necesidad de seguir formando más y mejores profesionales universitarios, pero también es cierto que, en nuestra sociedad, a falta quizá de títulos nobiliarios, se buscan los títulos universitarios como una de las pocas formas “dignas” de ascender en la escala social; parecería que generar riqueza no lo fuera, y esa es precisamente la función del empresario. Se requiere imbuir en nuestras generaciones jóvenes, que tan digno es emplear su talento en la generación de conocimientos científicos como en la generación de riqueza económica, sobre todo para una sociedad como la nuestra, que tanto la necesita. ¿Quién más lo va a hacer si no, el empresario.

En consecuencia, es triste ver (más bien diría: dramático) ver cómo, a falta de un espíritu emprendedor, una gran proporción de nuestros profesionales ostenta un “título de desempleado” y cómo tantos obreros, al quedarse sin trabajo, hacen fila solicitando otro, pero no se crean el propio dándole a otros, de paso, la oportunidad de conseguir el suyo. En esto tiene mucho que ver nuestro sistema educativo.

Todos los emprendedores tienen las mismas características en común, por lo que se entienden en el mismo idioma. Por eso, cuando logremos incorporar el espíritu de empresa como rasgo propio de nuestra cultura; cuando todos en nuestra sociedad reconozcamos, valoremos y estimulemos como tales al emprendedor en el campo de los negocios (no al negociante, rentista o inversionista solamente) y al del sector público (no al burócrata deshonesto), se dará el efecto sinérgico que requiere México para triunfar en la empresa de ser un país desarrollado.

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