NO BASTA CON CRECER PARA PERMANECER

Para ser viable, todo negocio tiene que alcanzar y mantener una dimensión mínima económica. A la vez, las necesidades y el deseo de mejorar la calidad y el nivel de vida de los dueños y de sus familias crecen con el tiempo, y estos son dos impulsores poderosos para el crecimiento de las empresas.

Pero si los negocios crecen también deben cambiar, y eso los convierte en otra cosa: no pueden seguir siendo microempresas, aunque fuera “a lo grande”; desaparecen como micros y se convierten en pequeñas, lo cual puede parecer paradójico: crecer para desaparecer. En realidad, como resultante del crecimiento no estamos hablando de una desaparición, sino de una metamorfosis: el gusano no es lo mismo que la oruga; ni ésta, igual que la mariposa.

No puede haber crecimiento (dimensión cuantitativa) que sea saludable, si no se da simultáneamente con un cambio (dimensión cualitativa); en cuyo caso estamos hablando, más que de crecimiento, de transformación o, más bien, de desarrollo.

Las microempresas casi siempre empiezan como un autoempleo del fundador; cuando éste contrata ayudantes se transforma en microempresario, aunque yo prefiero llamarlo empresario de una microempresa, porque lo “micro” no debe calificar a la pequeñez del individuo, que quizá está pensando en grande cuando empieza con lo poco que esté a su alcance.

Al crecer, la pequeña empresa se vuelve mediana y luego grande hasta convertirse, quizá, en conglomerado de varias empresas. Pero subsiste la gran interrogante: ¿cómo asegurar el crecimiento sano de la empresa, cualquiera que sea su tamaño, a lo largo de toda su vida?

En la naturaleza casi todo se da en una fórmula binaria: el uno y el cero, lo bueno y lo malo, la luz y la oscuridad, el pasado y el presente, lo interno y lo externo, la oferta y la demanda, la salud y la enfermedad, el cargo y el abono, los derechos y las obligaciones, etc. Ver las cosas de esa manera binaria nos facilita entender mejor la evolución de las empresas y encontrar su equilibrio.

Por eso nos conviene inspirarnos en el dios romano Jano para encontrar la fórmula que asegure la supervivencia a largo plazo de los negocios. Ese dios tenía dos caras: una que miraba hacia el pasado y otra hacia el futuro; en nuestro caso necesitamos mirar hacia el exterior (puertas afuera) y hacia el interior (puertas adentro) de la empresa.

Respecto de lo primero, si la empresa tiene arraigados en sus genes que su razón de ser (lo que justifica su existencia) es satisfacer las necesidades de sus clientes, tendrá asegurado su futuro a largo plazo y de esto se ocupa el Enfoque de Demanda, al que ya me he referido en blogs anteriores. Eso, por lo que respecta a su relación con el exterior, con su mercado.

Pero falta asomarnos a todo lo que tiene que ver puertas adentro: hacia lo que pasa en relación con su estructura y forma de gobierno, relaciones con la familia (si es empresa familiar), cultura organizacional, etc.

Puesto que ya he ocupado en mis blogs anteriores sobre el Enfoque de Demanda, continuaré abordando los temas internos de las empresas.