LA RE-FUNDACIÓN DE LA BANCA DE DESARROLLO

Motivado por mi interés en impulsar la institucionalización, tanto a nivel de organismos como de empresas, ahora que el nuevo gobierno ha expresado su intención de fusionar a, cuando menos dos de los bancos de desarrollo: Banco Nacional de Comercio Exterior y Nacional Financiera, me parece que es un momento propicio para proponer una segunda opción: re-fundarlos.

Si se integraran en uno solo, más que significar un ahorro y generar más eficiencia (lo cual constituiría, si se diera, un logro muy relativo), se dejarían las cosas más o menos como están. Si hoy sus contribuciones al desarrollo son relativas, lo seguirían siendo fusionados; quizá haciendo más y mejor, aunque lo mismo.

Eso no es desarrollo: es sólo crecimiento; y el crecimiento sin cambio lleva al gigantismo.

Desde que concebí la idea de crear el Fondo de Equipamiento Industrial (Fonei),* como fideicomiso financiero de fomento en el Banco de México, me quedó claro que una cosa es mirar hacia adentro y otra, mirar hacia afuera.

El desarrollo hacia adentro significa innovación, no sólo mejora. Significa concebir un nuevo país, que irrumpa en terrenos no transitados y que signifiquen la entrada a un mundo nuevo y mejor; eso lo hizo, por ejemplo, Corea desde los años 60, cuando su grado de desarrollo era inferior al de México. Mirar hacia adentro implicaría agregar mayor valor a nuestros recursos y potenciar nuestras capacidades, diferenciándonos del resto del mundo y despegándonos del desarrollo insuficiente.

Mirar hacia afuera, por su parte, conllevaría integrarnos con otras economías y ampliar el alcance de nuestra cultura.

No tener esa visión ni ese mandato claros y diferenciados, ha dado lugar al traslape en las operaciones de ambos bancos, con la consecuencia de que ahora se ve conveniente fusionarlos.

Pero quizá no sea demasiado tarde para que recuperen sus respectivas vocaciones.

Visto así, Nafin debería, entre otros objetivos y con la mirada puesta en edificar un nuevo país, enfocarse a grandes rasgos en apoyar el surgimiento y desarrollo de nuevas actividades económicas y de mayor valor agregado tanto industriales como de servicios, así como en fomentar la integración vertical de nuestros productores. Eso no implicaría, de ninguna manera, descuidar a las mipymes, pero sí alentar la institucionalización de esas empresas y que sus directivos transiten de ser auto-empleados (con ayudantes) a verdaderos directores estratégicos de sus negocios. El financiamiento a largo plazo de proyectos de inversión en capacidad instalada y el apoyo a la tecnología, a la innovación y a los emprendedores deberían ser sus signos distintivos. Nada de eso constituye acciones de poca monta.

El Bancomext, por su parte, partiendo de las capacidades productivas ya existentes y los potenciales de mercado que ofrecen los tratados de libre comercio, debería impulsar la apertura de nuestros empresarios y favorecer su incursión y mayor penetración en los mercados del exterior. Varios empresarios de empresas grandes y medianas ya han abierto brecha y el Bancomext debería, por ejemplo, impulsar a los empresarios con negocios de tamaño pequeño y mediano a integrarse con miras a incursionar en otros mercados. Eso implicaría una fuerte y dinámica coordinación con otros entes nacionales y extranjeros.

Si nuestros bancos de desarrollo actuaran desde el segundo piso (como bancos inductores) eso los llevaría a establecer alianzas con otros agentes económicos, bancos y entidades académicas y de otra índole, nacionales y extranjeras, para inducirlos a que también participaran. Eso le permitiría potenciar sus propias capacidades más allá de sus recursos y de los números de su balance. Por lo mismo, se le debería medir (como bancos de desarrollo) por sus efectos y no por el tamaño de su cartera.

Sería un error de miopía comparar a los bancos de desarrollo por sus operaciones o por el tamaño de sus recursos, ya que se trataría de actividades lo suficientemente trascendentes y diferenciadas como para que se justificaran por si solas.

La importancia de los bancos de desarrollo no debería fincarse en el tamaño de lo que son, sino de la trascendencia de lo que hacen.

Por otra parte, esta coyuntura política también podría ser la oportunidad para reforzar la institucionalidad de los bancos de desarrollo de dos maneras adicionales a la mencionada, de establecer claramente y de manera diferenciada sus respectivos mandatos. Estas dos serían: dotarlas de mayor autonomía y establecer y reforzar una serie de “candados” que hicieran difícil que autoridades ajenas a esas instituciones (así sea el propio gobierno) intervinieran para forzarlas a dedicar sus recursos a actividades ajenas a sus mandatos.

La mayor autonomía se conseguiría, ente otras medidas, estableciendo la integración de consejos de administración con un número mayoritario o ampliamente significativo de consejeros profesionales e independientes de reconocida moralidad y trayectoria profesional.

Los candados podrían ser de diversa índole, pero todos orientados a dificultar injerencias ajenas a sus mandatos, así como desviaciones causadas internamente.

Para ejemplificar, un candado podría ser el establecimiento, en las respectivas leyes orgánicas, de penalizaciones a los miembros de los consejos de administración si autorizaran proyectos o programas ajenos a lo que marcan las leyes orgánicas de los bancos de desarrollo y, asimismo, hacer responsable penalmente al director general si autorizara (él o sus colaboradores) programas u operaciones no aprobadas expresamente por su consejo de administración.

Otro candado sería que el nombramiento del director general debiera ser hecho, obligatoriamente, por el consejo de administración del banco.

Las ideas aquí enunciadas requieren de un profundo análisis y ser llevadas a consideración del gobierno y del poder legislativo.

Mientras tanto, se debería detener la pretendida fusión de los bancos de desarrollo hasta tener las conclusiones y recomendaciones de esos estudios y recomendaciones.

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*El origen y desarrollo de ese importante ente financiero de desarrollo están ampliamente descritos en mi libro: “El fin de la banca de desarrollo”.

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