EFICACIA O EFICIENCIA EN LA BANCA DE DESARROLLO

Cuando las cosas se hacen precipitadamente es muy fácil que salgan mal… y muy mal.

No tengo la menor duda de que hoy existe la oportunidad de re-fundar a la banca de desarrollo, pero, si el propósito del próximo gobierno se limita a que los bancos de desarrollo hagan lo mismo, aunque con ahorros, y para ello solamente los fusiona, en el mejor de los casos habrá sido eficiente. Pero si lo que quiere es algo más ambicioso: que esa banca verdaderamente fomente el desarrollo y, además, lo haga mejor, entonces podrá ser eficaz, siempre y cuando defina claramente lo que quiere, planee debidamente la estrategia y ejecute las acciones impecablemente. No es nada sencillo y para eso se requiere TIEMPO y conocimientos.

Yo viví una experiencia similar durante el sexenio del presidente Miguel de la Madrid, que relato detalladamente en mi libro: “El fin de la banca de desarrollo”.

En muy apretada síntesis, el licenciado de la Madrid tomó la decisión, al inicio de su sexenio, de integrar los fideicomisos financieros de fomento en los bancos de desarrollo afines; que el primero sería el Fondo para el Fomento de las Exportaciones de Productos Manufacturados (Fomex) en el Banco Nacional de Comercio Exterior y que el último serían los Fideicomisos Instituidos en Relación con la Agricultura (Fira), del Banco de México; que en medio estaba, entre otros, el Fondo de Equipamiento Industrial (Fonei), también del Banco de México y que yo dirigía; así me instruyó el secretario de Hacienda, Jesús Silva-Herzog: que me preparara.

Mi respuesta no fue de rechazo, porque la decisión presidencial tenía sentido en términos de eficiencia; pero, para que resultara eficaz, requería de tiempo. Me tomó todo el sexenio diseñar y aplicar una estrategia y, finalmente, el Fonei se integró a la Nacional Financiera con resultados espectaculares… hasta que una nueva decisión superior, mal ejecutada, le dio al traste a tanto esfuerzo (por falta de oficio y de respeto a la institucionalidad).

Como en todo proceso de institucionalización, así se trate de gobiernos, entidades o empresas, lo primero e imprescindible es definir con visión de altura el propósito: ¿Se quiere un ente financiero como instrumento de política gubernamental para desarrollar el país? Si es así, lo segundo es precisar qué es lo que se busca desarrollar y por qué el gobierno debería tomar cartas en el asunto.

En una economía de mercado hay un sinnúmero de actividades económicas que surgen como respuesta a los incentivos del propio mercado, y en ellas el gobierno haría mal en participar duplicando esfuerzos compitiendo o alentándolas innecesariamente, cuando basta con que los agentes económicos se orienten por el ENFOQUE DE DEMANDA. En ellas la participación estatal sólo debería ser, en ocasiones, sólo para regularlas. Pero hay actividades que los agentes económicos no identifican o no ven rentables, pero que son necesarias para elevar el bienestar de la población y que tienen sentido en el largo plazo, cuando, por contra, los empresarios buscan rendimientos casi inmediatos. Quien tiene la visión, la paciencia y los recursos es el Estado, y entonces es cuando entra en escena la banca de desarrollo.

Aquí es donde se requiere que el Estado defina qué es lo que quiere incentivar: cuál debe ser el propósito: la razón de ser de la banca de desarrollo.

Si no todos, son muchos los caminos que conducen a Roma.

Una vez definido el propósito de la banca de desarrollo es el momento de diseñar su estructura, NO ANTES. Eso sería, valga la expresión popular, poner la carreta por delante de los bueyes. Y eso es lo que podría pasar si no se aprovecha la coyuntura económico-política para hacer las cosas bien, desde el principio.

Existen en el mundo muy variados modelos eficaces de bancos de desarrollo; desde una diversidad de bancos especializados, hasta una sola entidad con un abanico de programas, pasando en medio por un consorcio dirigido por un solo ente (consejo de administración, por ejemplo) que oriente, coordine y evite desvíos y duplicidades.

 

Mirar hacia adentro y hacia afuera

Desde que concebí la idea de crear el Fondo de Equipamiento Industrial (Fonei),* como fideicomiso financiero de fomento en el Banco de México, me quedó claro que una cosa es mirar hacia adentro y otra, mirar hacia afuera.

El desarrollo hacia adentro significa innovación, no sólo mejora. Significa concebir un nuevo país, que irrumpa en terrenos no transitados y que signifiquen la entrada a un mundo nuevo y mejor; eso lo hizo, por ejemplo, Corea desde los años 60, cuando su grado de desarrollo era inferior al de México. Mirar hacia adentro implicaría agregar mayor valor a nuestros recursos y potenciar nuestras capacidades, diferenciándonos del resto del mundo y despegándonos del desarrollo insuficiente.

Mirar hacia afuera, por su parte, conllevaría integrarnos con otras economías y ampliar el alcance de nuestra cultura.

No tener esa visión ni ese mandato claros y diferenciados, ha dado lugar al traslape en las operaciones de ambos bancos, con la consecuencia de que ahora se ve conveniente fusionarlos.

 

¿Créditos subsidiados?

Una cuestión de verdadera trascendencia, y que es motivo de muy variadas y nutridas discusiones, es qué característica fundamental debe definir a la banca de desarrollo en sus créditos. Se tiende a identificar con demasiado énfasis a una tasa de interés subsidiada.

Aquí difiero marcadamente y me apoyo en mi experiencia en el Fonei y en la Financiera Mexicana para el Desarrollo Rural, S.A. de C.V. S.F.P. (conocida como Finamigo), que fue la primera sociedad financiera popular, creada por mí, en respuesta al interés manifestado por una entidad filantrópica privada, en desarrollar a la economía rural.

En ambos casos, uno del sector público y el otro del sector privado, las tasas de interés son (o fueron, en el caso del Fonei) a niveles del mercado y la demanda por sus créditos seguía y sigue creciendo. ¿La razón? Que eran (o son) la única o la mejor opción.

En el caso del Fonei, los empresarios mexicanos no tenían ninguna otra alternativa de créditos para algo que todavía no existía (proyectos de inversión) y a plazos inauditos ‒en ese entonces‒ para la banca mexicana: diez años y más. En el caso de Finamigo, aunque sus tasas de interés son mayores que las de los bancos comerciales, los empresarios rurales no tienen mejor alternativa frente a las tasas usurarias de la economía informal, y hasta ahora no han tenido acceso a los créditos de la banca comercial.

No existe crédito más caro que el que no se consigue.

Si se les da acceso al crédito, con prudencia y buen tino, a los empresarios de pequeñas y micro-empresas viables (rurales o urbanas), las tasas de interés no tienen por qué ser subsidiadas.

 

Banca de segundo piso es sinónimo de banca inductora

 

La incomprensión y mala ejecución de las funciones de segundo piso que se dieron en la Nacional Financiera en la segunda mitad del sexenio 1988-1994, no sólo destruyeron los avances en el financiamiento al desarrollo que había logrado el Fonei y que proyectaban una dinámica viabilidad para la banca de desarrollo (según relato en mi libro citado), sino que causaron quizá el mayor quebranto en toda la historia de esa institución.

Esa historia no debe repetirse.

Ser banco de segundo piso, según he detallado en otros escritos, significa ser eminentemente inductor y muchísimo más eficiente ‒haciendo más con menos‒  al valerse de las capacidades de sus intermediarios o co-participantes.

 

La palabra “banco” es restrictiva.

Designar con el nombre de banco a una entidad financiera de desarrollo, lejos de fortalecerla la restringe, porque parecería que debiera limitarse al otorgamiento de créditos, siendo que, para promover eficazmente el desarrollo, debe de tener la capacidad de utilizar una variedad amplia de instrumentos, tales como la promoción o la capacitación.

 

El mejor modelo tendrá que ser el que funcione mejor.

No se trata de repetir la historia, porque son los propósitos y las circunstancias las que aconsejan adoptar el mejor modelo para la nueva banca de desarrollo. Pero tenemos experiencias en México y el propósito de mi libro citado es mostrar un caso, tanto de diseño y evolución de un ente financiero de desarrollo exitoso, como de su eficaz proceso de integración e ilustrar la parte positiva de su logro, tanto como la negativa, costosísima, así como la causa de su destrucción posterior y origen de la confusión y desencanto que ahora imperan.

Pero una vez que esto se haya dado (como expresión de voluntad interpretada por el Poder Legislativo) y ese mandato se plasme en las leyes respectivas; cuando las autoridades del Poder Ejecutivo diseñen el ente y lo pongan en marcha, será a partir de ahí que se les deba dejar actuar a esos instrumentos creados para esos propósitos, sin interferencias y sin excesos.

 

La sobre-regulación es contraproducente.

La sobre-regulación asfixia y pervierte a los bancos de desarrollo; los induce a “nadar de muertito” para no correr los riesgos inherentes a lo innovador que debe ser siempre un banco de “desarrollo”.

Claro que se les deben pedir cuentas, pero no medir su eficacia por lo que hacen (mucho menos por los números que reflejen sus balances), lo que en realidad estaría midiendo su eficiencia. Habría que medir su eficacia por los resultados de su accionar; por el cumplimiento de su función; que no son mediciones internas, sino externas.

Conocerás los detalles de la experiencia relatada, si compras mi libro aquí.