DIRIGES, GUÍAS O SIMPLEMENTE CONDUCES

El hábito no hace al monje, pero hay quienes se lo creen. Ostentan el título de directores y creen estar dirigiendo cuando, en realidad, sólo están guiando o, en el peor de los casos, simplemente conduciendo. Por eso, en materia de dirección de empresas es muy importante diferenciar el significado de dirigir, respecto del de conducir y el de guiar.

A un ejército, a un auto o a un caballo, por ejemplo, se les conduce porque no saben hacia dónde se les dirige: se les lleva, se les jala o se les empuja. El único que conoce el destino es quien los manipula o les da las órdenes, y a los sujetos se les trata, más bien, como objetos.

Guiar ya implica una relación de trato con humanos, pero quienes, cuando mucho, conocen el destino, pero no el camino y, en consecuencia, el guía debe acompañarlos; a lo mejor se les estimula, lo cual ya es ventaja, pero ninguno de los individuos guiados tiene, o se le reconoce, la capacidad o la libertad de elegir la ruta de su preferencia.

Dirigir, en cambio, se puede hacer sólo con personas a las que se les reconoce como capaces, no solamente de conocer el destino o el propósito y saber hacia dónde ir, sino también de discernir los porqués y los cómos, y actuar de acuerdo con sus propios estilos. Al dirigirlos se les hace partícipes de la meta y, al convertirse ésta en un propósito común, estarán motivados para alinear sus voluntades, capacidades y objetivos. El resultado de esa sinergia no puede ser menos que superior.

Cuando el llamado “director” se limita a conducir, está llevando sobre sus espaldas toda la carga y acota el alcance de su negocio hasta lo que den sus propias capacidades. Al limitarse a guiar a sus colaboradores se está autolimitando como responsable único del negocio, sin aprovechar las contribuciones que sus colaboradores podrían aportar en beneficio de todos.

Dicho lo anterior, queda claro que dirección implica, para quienes son dirigidos, la necesidad de contar con información, adiestrarse en sus tareas, ser motivados para alcanzar las metas y, sobre todo, libertad para decidir la mejor manera de llegar. A esto se le ha venido a llamar empoderamiento: compartir la visión y la responsabilidad en aras de un mayor beneficio colectivo. Como todo esto no se puede dar sin delegar, es inevitable que el director asuma mayores riesgos. ¿Cómo, entonces, afrontar esos riesgos, aumentar la efectividad y asegurar los mejores resultados? De eso y otras cuestiones relacionadas me ocuparé más adelante.